Siempre caemos en la tentación de criticar el funcionamiento de las administraciones públicas, ya sea por su lentitud, por su incompetencia, por sus rigurosos trámites inacabables o por un conjunto de estos y otros defectos. También es cierto que caemos muchas veces en la tentación de resaltar lo malo y ocultar lo bueno. No me parece justo, y es de justicia contar lo siguiente.
Son ya dos años seguidos los que tengo que acudir a una de las sedes de la administración de Hacienda para corregir el borrador de mi declaración. Las dos veces he notado que la organización para realizar tales trámites es perfecta: ya sea por Internet o por correo electrónico, pides cita para asistir a dicho lugar, disponiendo de múltiples fechas y horarios (si lo haces con tiempo, claro). Llegas allí y, al menos en mi caso, he entrado sólo un minuto más tarde de la hora de la cita. Te asignan una mesa con una persona que te ayudará con eficacia a realizar correctamente la declaración y a solventar tus dudas. Puede que me hayan estafado los dos años, pero oye, con un estilo, una educación, un orden y una seriedad que para sí mismas lo quisieran muchas administraciones.
Estoy absolutamente de acuerdo contigo. Este año he tenido la suerte de hacerlo por internet y, francamente, es una gozada (y además me ha salido a devolver, jeje). En el ejercicio de 2007 me enviaron el borrador y había que cambiar una cosilla, así que pedí cita, me personé en la oficina correspondiente y me atendió a la hora exacta (sin colas ni líos) una señora muy simpática que llevaba unos pendientes de raspa de pescado de tamaño gigante (literalmente como una sardina, que para unos pendientes… ya está bien!!!). Muy amablemente me lo explicó todo pero yo no podía dejar de mirarle los pendientes y, como dice Pensante, si me engañó, lo hizo de una forma exquisita y cortés y, además, le dí las gracias por su amabilidad y buenas formas.